viernes, 2 de octubre de 2009

Jerez y las salinas en época andalusí

Señala Emilio Martín Gutiérrez en su La organización del paisaje rural durante la Baja Edad Media (2004, pp. 89-101) que la explotación de salinas durante época bajomedieval tuvo un papel destacado en la economía jerezana. Las salinas del entorno jerezano se localizaban mayoritariamente en las inmediaciones de la bahía de Cádiz, aunque sabemos que también hubo explotaciones de importancia en zonas del interior, cerca de manantiales o arroyos salinos, relacionadas con la extracción de yeso y cal.
Es muy probable que la actividad salinera en el término de Jerez durante la Baja Edad Media continuase la que hubo durante época andalusí, pues aunque los datos para esta época son escasos, alguna fuente árabe nos habla de la sal y su relevancia en la economía de Jerez en siglo XII:

Traigo a colación un interesante diálogo entre Abū ‛Abd Allāh Ibn Zarqūn (m. 586=1190-1), maestro de al-Šarīšī, y el sevillano Abū Bakr Ibn al-‛Arabī (m. ¿543=1148?), que contiene un interesante intercambio de hemistiquios con temática jerezana. En palabras de Bencherifa, el fragmento muestra la admiración y el afecto de los andalusíes por la ciudad de Jerez y sus habitantes. La historia la inserta al-Šarīšī en una de sus glosas a la Macama XXX de al-Harīrī, al final de la cual el pícaro Abū Zayd al-Sarūŷī recita unos versos sobre su ciudad natal, Sarūŷ, al narrador al-Hārið b. Hammām [metro ramal]:

"Mi patria chica es Saruy, de la que fui separado.
Es una ciudad en la que hay de todo, y provienen
sus aguas del Salsabil, siendo verdes prados sus arenales" [...]

El relato de al-Šarīšī, en el que Ibn Zarqūn e Ibn al-‛Arabī adaptan a su manera estas rimas cambiando, entre otras cosas, el topónimo Sarūŷ por Šarīš, dice lo siguiente:

“Esto me lo contó en su jardín de Triana el alfaquí Abū ‛Abd Allāh Ibn Zarqūn –que era, Dios lo tenga en su gloria, miembro de la cofradía de las buenas letras y distinguido en la de los alfaquíes–, en la época en que yo leía con él los Nawādir y el Kāmil, pues una tarde en que la conversación giraba en torno a los géneros literarios me dijo –Dios lo bendiga–, dichoso y contento, hasta el punto de contagiar su alegría a este jovenzuelo cuya barba aún no apuntaba, lo que sigue:

- ¿Sabes que entre tú y yo existe una relación de fraternidad?

A lo que repliqué:

- ¿Y cómo es eso, maestro?

Y respondió:

- Porque yo también he nacido en tu ciudad de Jerez.

Y como la conversación ganó en interés, le pedí que me diera más detalles y añadió:

- Tengo a este propósito un curioso relato:

Pasaba yo por Jerez de vuelta de la tierra del Magreb en compañía del alfaquí Abū Bakr MuÊammad b. ‛Abd Allāh b. al-‛Arabī –Dios lo tenga en su gloria– y, cuando llegamos a su campiña, entre viñedos y huertos, el alfaquí Abū Bakr se puso a hablar maravillas de todo cuanto veía allí, diciendo:

- En verdad, las cosas que aquí se reúnen difícilmente se dan en otro lugar, por la abundancia de agricultura y ganadería, aceite, vino, sal y otros productos.

Y le dije:

- Debes saber que yo nací aquí.

Y Abū Bakr me respondió:

- Pues tal vez tendrías que recitar ahora lo siguiente [metro ramal]:

- Mi patria chica es Jerez,

Y yo le dije, completando el verso:

- donde yo vivía.

Y replicó Abū Bakr:

- Es una ciudad en la que hay

Y añadí:

- de todo y se abastecen

Y dijo Abū Bakr:

- sus manantiales del Salsabīl

Y dije:

- y están emparrados sus arenales.

De este modo hicimos el camino con los versos sarūyíes (sobre la ciudad de Sarūŷ) transformándolos en šarīšíes (de Jerez) y así, sin darnos cuenta, el camino se hizo más corto.

Fue una de las tardes más felices que he pasado en mi vida, pues en ella mantuve esta conversación con mi ilustre maestro Ibn Zarqūn –cuya edad era entonces de 82 años [lunares]–, que solía hablarme de Ibn al-‛Arabī, Ibn ‛Abdūn y otros semejante en aquel ameno jardín a la orilla del río de Sevilla –ciudad que se alzaba ante nosotros en toda su belleza y esplendor–, y el cual, en aquella ocasión, me hizo este elogio de mi ciudad natal, Jerez, que tanta alegría me causó. ¡Roguémosle a Dios que le dé el mismo goce a él en la otra vida!”

El texto resulta útil para recabar información sobre el entorno de la ciudad de Jerez, pues corrobora lo que ya sabíamos acerca de la prosperidad jerezana durante los siglos XII y XIII. Las distintas fuentes coinciden en este aspecto y, a través de ellas, deducimos que el cultivo y beneficio del cereal, el olivo, la viña o la higuera eran la base del desarrollo económico de Jerez. Al-Himyarī (m. después del 726=1325-6), apoyándose en al-Idrīsī (m. 560=1164-5), describía los alrededores de Jerez diciendo que eran ricos en viñedos, olivares, higueras y trigales, algo que las palabras de Ibn Zarqūn e Ibn al-‛Arabī confirman sin lugar a dudas. Estos personajes hablan, además, de otro de los recursos fundamentales de la economía de la zona que mencionábamos al inicio: la explotación de salinas para uso culinario y la conservación de alimentos. Estas salinas se hallarían probablemente en alquerías cercanas y se gestionarían y administrarían desde Jerez, capital de la cora por entonces y centro vertebrador de un riquísimo alfoz.

Vid. BORREGO SOTO, M. Á., "¿Una macama jerezana? Jerez y la difusión de las Macamas de al-Hariri en al-Andalus", AAM (2006), 13, pp. 25-41 (texto completo)

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Precioso relato MABS. Sin embargo creo que las salinas a las que se refiere no tenían por qué ser exclusivamente marinas. El propio Emilio Martin documenta salinas en el paraje de Las Salinillas, junto a la autopista Sevilla -Cadiz a la altura de Estella del Marqués. Sainas había junto a la Ronda Oeste (otro paraje conocido también como Las Salinillas), en Roa La Bota... Albinas y lagunazos saldados (debidos a substratos triásicos ricos en sales) se repartían por otros puntos del término de Jerez donde todavía, tras a evaporación del agua se queda una pátina blanca - de sal- sobre el barro. Precioso relato.
AGL.

MABS dijo...

Tienes toda la razón, Agustín, las salinas de interior están más que localizadas. Lo que me fascina de este relato, además de su valor literario es que se mencionen las salinas. El entorno jerezano tenía que ser una auténtica paleta de colores y contrastes: entre las vides, higueras y olivos, el blanco de las salinas que llamó poderosamente la atención del sevillano Ibn al-Arabi. Éramos una potencia económica en la región, ojalá volvamos a serlo algún día.

Mery dijo...

Yo lo que siento es no conocer tu tierra lo suficiente como para opinar, visulizar y comprender mejor lo que en tu blog nos dejas.
Sé de las bondades jerezans, mas por referncia y lecturas que por mí misma, pero una cosa está clara: tu pasión por su historia es contagiosa.

Tus entradas, como siempre, bellísimas.
Un abrazo

MABS dijo...

Gracias, Mery, cómo te echaba de menos por aquí, fiel seguidora.

Mery dijo...

A veces fiel....y otras mas, perezosa.
Ocurre, sin embargo, que la delicadeza de tus escritos enganchan.
Un abrazo nuevamente.

MABS dijo...

Abrazado y agradecido quedo, Mery, a la par que feliz por tus hermosas palabras.